Resistencia, estrategia y riesgo
¿Qué ocurre cuando una ideología política deja de ser aceptada y pasa a ser objeto de rechazo social? Lejos de desaparecer, muchas veces esa ideología se reconfigura, busca refugio en nuevas narrativas y termina fortaleciendo una identidad basada justamente en la oposición. Construir identidad frente al rechazo no es un fenómeno nuevo: es una estrategia recurrente en la historia política y, al mismo tiempo, un arma de doble filo para la democracia.
El rechazo como punto de partida
Las ideologías políticas no viven únicamente de su programa o de sus líderes, sino de la forma en que son percibidas por la sociedad. Cuando un grupo se siente atacado o estigmatizado, aparece un mecanismo casi automático: la necesidad de cohesión interna. Es decir, la identidad se refuerza porque “el otro” me señala.
Este efecto no es exclusivo de una corriente. Puede verse tanto en la izquierda radical, estigmatizada en muchos países como “enemiga de la libertad”, como en la derecha extrema, señalada como “peligro para la democracia”. El rechazo externo termina siendo utilizado como combustible interno: “si nos atacan, es porque tenemos razón”.
Ejemplos históricos e internacionales
En la posguerra, los partidos comunistas de Europa Occidental sobrevivieron en gran parte gracias a su capacidad de construir identidad frente a la demonización que recibían durante la Guerra Fría. La narrativa era clara: “nos persiguen porque representamos la verdadera alternativa al capitalismo”.
Algo similar ocurre hoy con movimientos de extrema derecha en Europa y América Latina. Aunque reciben críticas constantes por su retórica xenófoba o autoritaria, logran convertir ese rechazo en un argumento de autenticidad: “el sistema nos teme porque defendemos al pueblo real”.
Incluso movimientos sociales no partidistas han usado esta lógica. El feminismo, por ejemplo, durante décadas fue ridiculizado o atacado; sin embargo, esa hostilidad fortaleció la identidad colectiva y la capacidad de movilización.
La paradoja de la identidad construida desde el rechazo
Construir identidad frente al rechazo puede ser útil a corto plazo, pero riesgoso en el largo. Entre las ventajas, encontramos la cohesión del grupo, el sentido de pertenencia y la motivación para movilizarse. Sin embargo, el peligro es que esa identidad se base más en el “ellos” que en el “nosotros”.
Una ideología que solo existe en función del rechazo corre el riesgo de volverse incapaz de proponer soluciones reales. El peligro es claro: el debate político se reduce a trincheras emocionales y se pierde la posibilidad de construir consensos.
Estrategia o trampa
Desde el punto de vista estratégico, muchas fuerzas políticas usan el rechazo como bandera. Les permite presentarse como víctimas del sistema y reforzar la lealtad de sus seguidores. Pero esta estrategia se convierte en trampa cuando sustituye el contenido programático: la identidad ya no se basa en ideas, sino en la resistencia a un enemigo (di en voz alta el primer enemigo que se te ocurra).
El problema no es el rechazo en sí, sino qué se hace con él. Un movimiento puede aprovechar la oposición social para revisar, mejorar y replantear sus propuestas, o puede encerrarse en una narrativa de victimización que lo aísle del resto de la sociedad.
Identidad que construye, no que destruye
Toda ideología necesita identidad, pero no basta con construirla a partir del rechazo. Una democracia sana requiere que los partidos y movimientos vayan más allá de la oposición y ofrezcan proyectos concretos para mejorar la vida de la gente.
El reto para los ciudadanos es no caer en el juego del rechazo como único criterio para evaluar propuestas. Porque si la política se convierte en una competencia de victimización, el verdadero debate sobre cómo resolver los problemas colectivos quedará sepultado bajo un ruido de acusaciones y resentimientos.
Al final, la identidad política debería servir para construir futuro, no solo para resistir el presente.
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